Arranca la 41ª edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, un evento que, durante cuatro años, tuve el honor de presidir (ediciones 35ª a 38ª) hasta la llegada del gobierno vigente. Aunque las autoridades actuales tildaron a gestiones anteriores como la “etapa más oscura”, mantuve la reserva respecto de la nueva conducción y su proyecto; me parece una apuesta arriesgada desde lo político y, además, no comparto su mirada sobre el cine y el festival. Sin embargo, ya no puedo guardar silencio: una maniobra extorsiva que dicen haber ejecutado marca un nuevo límite en la ignominia, según se sostiene.

Para entender el escenario: desde que asumió la nueva gestión, se fijaron dos metas claras: “renacer el esplendor” y convertir el festival en un evento popular. En la práctica, el resultado ha sido muy cuestionable. La audiencia se fue apartando de una programación que muchos califican de poco sustento y sin una línea clara; incluso en medio de un contexto que facilita el financiamiento, las salas no logran sostenerse, y la cartelera ha mostrado signos de debilidad.

La responsabilidad pasa, dicen, al público en primer lugar. Se mencionan además posibles boicots o factores políticos. En la visión de los organizadores, lo que hacen “no es político”; aun así, las controversias persisten. En tercer año consecutivo, se observa una apertura con filmes de origen europeo o estadounidense, mientras que las selecciones se alimentan de propuestas gestionadas por agregadurías culturales de embajadas de certain países, quedando fuera otras miradas y realidades.

Tradicionalmente, el festival informaba a FIAPF, la entidad que otorga la categoría A, cada participación de proyecciones. Históricamente, las salas estuvieron casi siempre repletas; hoy se admite que la responsabilidad recae en el público, especialmente el de Mar del Plata, y se advierte que perder la categoría podría poner en riesgo el propio festival.

En síntesis, estamos ante un equipo que, según estas críticas, desconoce el pulso del evento y no logra convertir sus promesas en una programación con alma y sentido. En estas circunstancias, el festival enfrenta el desafío de recuperar credibilidad e diálogo con su público base, buscando un rumbo que combine vigencia, diversidad y rigor artístico.