La productora El Pampero, integrada por Laura Citarella, Agustín Mendilaharzu, Alejo Moguillansky y Mariano Llinás, continúa explorando la vida de artistas a través de dispositivos que superponen ficción y documental. Entre sus trabajos previos figuran Las poetas visitan a Juana Bignozzi (Citarella y Mercedes Halfon), Clorindo Testa, la trilogía Mondongo y Biografía de Jorge Luis Borges, que también llega a Malba este fin de semana. A esa línea se suma El fantasma, proyecto en el que Ignacio Masllorens y el artista plástico David Lamelas se proponen investigar la figura de Rubén Santantonín, referente del grupo artístico surgido alrededor del Instituto Di Tella a fines de los años 60.
Santantonín, además de colaborar con Marta Minujín en La Menesunda, comparte con ella la autoría de esa obra inmersiva que se convirtió en un hito de aquella movida. Aunque participaron otros artistas, muchos atribuyen la obra principalmente a Minujín. Santantonín murió joven y, a lo largo de su trayectoria, destruyó gran parte de su producción, un episodio envuelto en misterio que Masllorens y Lamelas buscan esclarecer mediante registros y personas que permitan reconstruir su historia y devolver a la vista esas obras.
El equipo insiste en mantener el juego entre rigor documental y toques de comedia que provienen de la ficción. Con ese punto de partida, El fantasma propone mirar las tensiones reales que existen entre financiamiento y producción en el cine de arte, y, al mismo tiempo, exponer las condiciones materiales que condicionan no solo el proyecto sino el acto creativo en su conjunto. El filme se exhibirá en Malba, en Figueroa Alcorta 3415, con funciones todos los sábados a las 18.
Lamelas describe el proyecto como una parodia del mundo del arte, que sitúa en conflicto al cine hecho por artistas con el que busca fines comerciales. Masllorens añade que, si bien hubo un impulso personal y profesional detrás de la propuesta, también emergen las limitaciones reales para llevar una idea a la pantalla. La película nació a partir de un encargo institucional para un documental sobre un artista, pero a partir de ahí derivó hacia una ficción en la que el argumento gravitaba en torno a las propias dificultades de realizarla. En palabras de ambos, lo que más les entusiasmaba era, justamente, abordar la creación artística.
La decisión de centrar la historia en Santantonín los llevó a explorar la tensión entre reconstruir una memoria y respetar la ausencia de una obra destruida, invitando a pensar qué se gana y qué se pierde al intentar recuperar una trayectoria ligada al olvido. Masllorens sintetiza la experiencia en una idea: no tenían claro el destino de la película desde el inicio; Lamelas, por su parte, señala que el proyecto creció a medida que se enfrentaba a sus propias limitaciones y contradicciones.


