En la Buenos Aires de la época virreinal, conventos y otras instituciones religiosas funcionaron, en la práctica, como lugares de resguardo para capitales obtenidos mediante el comercio de personas esclavizadas. Durante los siglos XVI y XVII, estos espacios custodiaban fondos vinculados a las ganancias del tráfico y, en algunos casos, incluso se firmaban escrituras públicas que detallaban montos, plazos de guarda y la forma de remesar ese dinero a otras ciudades del virreinato o a la metrópoli.

La magnitud de la práctica llevó a que, en 1634, la Corona envíe al visitador Andrés de Garabito para investigar, entre otros aspectos, las cobranzas practicadas por religiosos vinculados al cohecho derivado de la llegada de africanos esclavizados y su venta. En definitiva, la molestia no era cuestionar la trata, sino combatir el contrabando asociado.

Buenos Aires ocupaba un lugar central en esa circulación: desde su puerto ingresaban personas esclavizadas que luego eran trasladadas hacia Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Salta, Jujuy y otros puntos del interior, conectando el Atlántico con circuitos comerciales que atravesaban Tucumán y llegaban al Alto Perú. La logística de la trata requería también movilizar capital entre distintas ciudades, y en ese esquema los depósitos religiosos podían cumplir una función decisiva.

En el siglo XVIII, la documentación permite rastrear la relación entre el dinero depositado en Buenos Aires y las compras de esclavizados realizadas por instituciones religiosas del interior. En abril de 1734, un memorial de visita del padre provincial Jaime Aguilar registró que el establecimiento jesuita San Ignacio de los Ejercicios utilizó 2.000 pesos procedentes de depósitos para la compra de personas esclavizadas, y establecía la condición de adquirir doce mujeres en vez de varones.

Ese mismo año, el Colegio jesuita de Tucumán adquirió esclavizados con 6.000 pesos depositados en Buenos Aires. La necesidad de recursos era tal que, el año anterior, la casa había puesto a la venta mulas para reunir fondos destinados a nuevas adquisiciones, poniendo de relieve el recorrido de los fondos desde la ciudad portuaria hacia los establecimientos religiosos del interior.

En este entramado aparece la Compañía de Jesús. Los jesuitas fueron grandes propietarios de personas esclavizadas en el espacio rioplatense; sus colegios, estancias y unidades productivas utilizaron de manera sistemática la labor esclavizada y llegaron a construir un patrimonio significativo a partir de ese régimen.