Se publica una lectura en Página/12 que presenta al Papa Francisco como una figura capaz de situar en la agenda pública asuntos como la inmigración y la dignidad de las personas, incluso en medio de un panorama donde la política tradicional y el mercado han dejado atrás esas cuestiones. El texto celebra que el Papa hable de migrantes bajo el prisma de los derechos y que trate a las víctimas de la Iglesia con compasión, sugiriendo una salida frente a la frialdad de las estructuras institucionales.
Además, se destaca que Francisco aborda la inteligencia artificial con una autoridad moral que, según el artículo, pocos gobiernos democráticos se atreven a emplear. En la encíclica citada, la supuesta Magnífica humanitas propone desactivar o regular la IA bajo supervisión pública. Sin embargo, se subraya que el diagnóstico es de síntomas y no de la enfermedad profunda: la IA no amenaza lo que somos, sino las condiciones materiales que permiten el intercambio, los hechos que consensuamos y las instituciones que dirimen desacuerdos.
El eje central es político: por eso preocupa que ese diagnóstico provenga de Roma en lugar de derivarse del ámbito democrático. Cuando la clase política no construye su propio lenguaje público, quedan vacíos que llenan actores con autoridad ajena a las reglas democráticas, ya sea una Iglesia, un mercado, una plataforma o un caudillo.
El texto recuerda una época en que convivieron dos papas, Francisco y Benedicto XVI, una situación descrita como una anomalía histórica. Esa convivencia se contrasta con la lectura actual, donde la figura eclesiástica dialoga con expresiones políticas contundentes en Argentina, como las de Milei, que han empleado un tono áspero para referirse al Papa. Aun con esas diferencias, se señala un vínculo entre León XIV y Milei: la mención de su relación con el balón. El Papa habría disfrutado del fútbol en su juventud en Trujillo, Perú, y, según el retrato, jugaba de defensa, lo que se interpreta como una mezcla de cercanía terrenal y capacidad de confrontación.
La pieza señala, por último, una larga tradición en el Vaticano de gestos de humildad, como el lavado de pies, recordatorio de que la autoridad religiosa persiste como acto de servicio, incluso cuando la discusión pública se torna áspera.



