El 7 de noviembre de 1986, Fito Páez vivía una jornada que prometía consolidar su paso por la escena roquera. Había amanecido con buen augurio: la prueba de sonido fue sin contratiempos, la banda sonaba ajustada y la sala estaba llena. Esa noche, en la Circo Voador de Río de Janeiro, Páez proyectaba su nueva etapa tras consolidar dos discos clave, Del 63 y Giros. Era la primera visita a Brasil y el objetivo era tocar allí durante dos noches seguidas. En medio del show, su novia Fabiana Cantilo se incorporó desde Buenos Aires, y su amigo Charly García, acompañado por Zoca, apareció para subir al escenario y compartir una interpretación de Demoliendo hoteles. Nadie supo que esa elección musical tendría un matiz premonitorio.

Tras la función, el grupo salió a cenar y a tomar algo. Antes de regresar al hotel, la banda cruzó la playa de Ipanema y se bañó desnudos en el mar. Ya de madrugada, con el sol asomando, continuaron la velada con algunos whiskies.

Pasado el mediodía, el teléfono de la habitación que ocupaban Páez y Fabiana Cantilo comenzó a sonar repetidamente; nadie respondía y, a la entrada, golpeaban la puerta. Fabián Gallardo y Daniel El Tuerto Wirtz, dos de sus músicos, llegaron para conversar con Fito. Sus rostros estaban marcados por la noticia que traían. Se acercaron al músico y lo despertaron con suavidad. El teléfono volvió a sonar: era Jorge Fortunato, director artístico de EMI Argentina, quien le dio la información que nadie quería escuchar. Las abuelas de Páez habían sido encontradas muertas en la casa de Rosario, en la calle Balcarce.

La reacción fue instantánea. Páez, aún con la resaca de la noche anterior, respondió con incredulidad y luego estalló en llanto, seguido de una explosión de rabia y dolor. Demolió parte de la habitación y pasó horas gritando, llorando y destrozando objetos mientras su manager, Fernando Moya, trataba de contener el desmayo emocional de la delegación. Paralelamente, hogares y teléfonos se agitaban en Rosario: Fito insistía por saber más, llamó a la casa de sus tíos, pero no obtuvo respuesta, y luego se comunicó con la jefatura de policía de la ciudad para pedir datos y certezas. Los interlocutores asumían que era un periodista que indagaba antes de cerrar la edición del diario, y no le ofrecían respuestas claras.

En sus memorias, Páez detalla que aquel instante le dejó un vacío y una sensación de desorientación. El episodio mostró, de forma brutal, el choque entre una experiencia artística exitosa y una tragedia personal que lo acompañaría para siempre.