La Argentina está a un año de los comicios y aún no aparecen respuestas estratégicas que ofrezcan una alternativa al marco de libertad económica que se ha promovido. Las ideas en circulación se limitan a tres rutas, cada una con dudas sobre su capacidad para enfrentar la profundidad de la crisis.
1. Mileísmo con rostro humano
Este camino propone conservar los principios y regulaciones centrales de la gestión actual, eliminando lo que se percibe como sus rasgos más duros socialmente, pero aceptando algunos de sus posibles logros: una mayor primarización de la producción, un superávit fiscal y la reducción de la inflación mediante políticas recesivas que favorezcan la concentración del ingreso.
Aun con ciertas distancias, la opción recuerda la relación entre la coalición gobernante y la Convertibilidad. Mantener vivo un esquema que ya había agotado su capacidad terminó extendiendo artificialmente su vigencia, desembocando en la crisis de 2001.
El escollo es que confunde estabilizar la economía con legitimar un modelo de sociedad concreto. La estabilidad no puede evaluarse sin considerar la estructura productiva que se impulsa, la distribución de ingresos que genera y las capacidades sociales que quedan para el desarrollo futuro.
2. La alianza antifascista o cordón sanitario
La segunda alternativa propone agrupar a las fuerzas opositoras bajo un paraguas común para derrotar al oficialismo. La diversidad de enfoques quedaría subordinada a ese objetivo, sin que exista necesariamente una visión compartida sobre la transformación que debe seguir.
La unidad electoral puede ser necesaria, pero no basta para sostener una voluntad política colectiva. Sin una perspectiva que articule intereses sociales heterogéneos, señale prioridades y dibuje un horizonte, la alianza corre el riesgo de limitarse a gestionar diferencias entre sus integrantes.
La experiencia reciente del gobierno de Alberto Fernández resulta ilustrativa. La falta de una dirección estratégica común y de una voluntad de construir hegemonía alimentó diferencias internas y debilitó la coherencia de la coalición, impidiendo una política sostenida. Derrotar a una fuerza política no equivale a construir una alternativa, menos aún cuando se busca modificar las relaciones económicas, sociales e institucionales.
3. La construcción del proyecto
La tercera vía coloca en la elaboración de un programa económico y político la tarea central de la oposición. Es indudable que un proyecto claro puede actuar como guía y movilizar a la base militante, pero su solidez no garantiza automáticamente la capacidad organizativa para implementarlo.
Aquí se abre la tensión entre definir una agenda y poder convertirla en acción concreta, un desafío que, tal como se expresa, queda por resolver en la práctica.



