En el marco del velorio de Charlie Feiling, el encuentro entre el narrador y Noé Jitrik se dio en un costado del duelo. En ese rincón, Noé dejó escapar una advertencia: quizá convendría no volverse demasiado buenos amigos, porque podría morir antes y dejar al otro con una sensación de soledad. El narrator aún era joven y no comprendía del todo esa inquietud, mientras el paso del tiempo iba dejando huellas: gestos, frases, humores que emergen cuando la memoria queda vulnerable.
Con la perspectiva que da la edad, el autor describe cómo las ausencias se manifiestan de distintas maneras: como un conjunto de imágenes del pasado que, en días grises de garúa y mares que van y vienen, reaparecen para acompañar el ánimo. Esos recuerdos, fragmentos de vida, pueden ser tristes o servir como refugio; se presentan como una sustancia que, movida por el viento, retorna y golpea la playa de la memoria. Se citan ecos de un verso de Mario Trejo —un poema que él vinculaba a Noé— para sugerir que, para algunos, la vida podría entenderse como un deseo de plenitud que apenas se sostiene.
A mediados de la década del 60, Jitrik ya había publicado Addio a la mamma. En la portada, diseñada por Ronald Shakespear, asoma una figura de matrona en tono sepia, una imagen que parecía corresponder a una sensibilidad cercana a Pavese. En esa obra temprana se perciben resonancias de una devastación que la memoria intenta sobrellevar, y un esfuerzo por sostener la paciencia a través del recuerdo.
La trayectoria de Noé Jitrik se delineó entre la cercanía a un populismo crítico y la exploración de la teoría lingüística y filosófica que llegaba desde Francia, con Derrida, Barthes y Lacan como referencias. Sus investigaciones y enfoques teatraban una experiencia de frontera entre la tradición poética de la orilla del Plata y una Córdoba central que albergaba una vida intelectual vibrante. Aun así, su campo de acción estaba marcado por una pasión que no dejaba de buscar puentes entre distintas tradiciones.
El encuentro con Hortensia, la revista cordobesa de humor que irrumpió en los kioscos porteños, es recordado como un momento de cruce entre generaciones. En aquel encuentro, las diferencias de edad y la admiración mutua dificultaban un trato más directo, aunque años después, Noé sería maestro del narrador en la carrera de Letras durante la efímera democracia de 1973, bajo la dirección de Urondo. La experiencia de aquellos años también incluía la idea de que un poeta podía ejercer como titular de cátedra, algo que marcó la forma de entender la docencia y la investigación en esa etapa.
Entre las anécdotas de aula, se menciona la propuesta de leer Cien años de Soledad desde la óptica de Bachelard, una invitación a pensar la novela desde una lente filosófica y poética. Este cruce de saberes ilustra, en clave personal, la constelación de influencias que definieron a Noé Jitrik: un acercamiento múltiple que atravesó la literatura, la teoría y la enseñanza, dejando una marca en la escena cultural argentina.



