Abrir el capó de un auto para revisar su motor; entenderlo, aunque sea parcialmente, y seguir observando. Luego, hacer lo propio con el país: asomarse a un cuadro de calamidad y precariedad, entender poco y, aun así, seguir mirando para ver de dónde viene el ruido. ¿Se está de acuerdo con la distribución de salarios, de ingresos jubilatorios, de cultura o de vivienda? Si la respuesta es afirmativa a varias de estas preguntas, entonces se siente fuera del sistema.

La fuerza que guía esa exclusión no es una persona aislada, sino un marco que se describe como liberalismo extremo o capitalismo desregulado. Es una lógica que atrapa a cualquiera que se acerque a sus bordes, y que ya ha construido su propio tablero—un casino para los más poderosos. El poder económico y político, lejos de justificar sus privilegios, opera con reglas hechas a la carta, mientras la mayoría observa sin poder asistir a la partida.

La estrategia no busca convencer; busca imponer hechos para sembrar una mentalidad que legitime un nuevo orden. Se perfila así una fantasía de neoliberalismo puro, que presume que todo cambio es inevitable y que la “ronda” del sistema necesita un reajuste constante.

Este proceso se ve reflejado en lo que algunos llaman un “Superclásico” de la gestión pública y el deporte: el poder se asoma cuando coaliciones entre el gobierno y dirigentes futbolísticos abrazan un modelo privatizador. En esa escena conviven oligarcas de distintos sectores y una frontera cada vez más difusa entre el Estado y las grandes empresas privadas. Es un poder que irrumpe más que administra, que se sostiene para sí mismo y que exhibe una lógica de imposición.

La crispación que rodeó al Superclásico fue alimentada por la insistencia en calificar de crimen lo que muchos ven como una guerra. Varios presidentes de clubes, anclados en intereses privados, evitaron nombrar explícitamente lo que ocurre; el silencio se convirtió en un gesto político, un modo de no enfrentar el engranaje de dominación que se apoya en millones de microacciones de simulación. El capitalismo desregulado, más que una teoría, parece una escuela de descaro: negar la realidad para evitar medidas y, de paso, frenar cualquier intento de reparación.

Si la imparcialidad resulta imposible, entonces la solución no es depurar errores, sino aceptar que el enfrentamiento entre bandos parece la única lectura posible. La idea, entonces, ya no es discutir si un fallo es justo, sino entender cómo el orden existente se sostiene y qué sentido tiene vivir bajo reglas hechas a la carta.