Antes de la nación argentina, Manuel de Luján llegó al Río de la Plata en medio de los circuitos de la trata de personas esclavizadas. Su trayectoria lo unió durante años a la imagen de la Virgen de Luján, a quien estaba destinado para el cuidado y la atención. En 1674, esa relación dejó de ser sólo devoción: se convirtió en una cuestión jurídica y patrimonial.
Tras la muerte de su propietario, los herederos reclamaron su posesión. Manuel se negó a aceptar ese reclamo y sostuvo que estaba al servicio de la Virgen, por lo que no debía volver a depender de los herederos. Sin embargo, el conflicto se resolvió a favor de los propietarios.
En diciembre de 1674 quedó registrado en acta la venta de Manuel Costa de los Ríos. Según el documento, sus dueños legales, Pedro Gutiérrez de Molina Garcés y Catalina Clavijo, lo vendieron a la Cofradía de Nuestra Señora de Luján para que sirviera de forma permanente a la Sagrada Imagen. El acta incluyó datos sobre Manuel, como su nombre, procedencia, edad y estado físico.
Con la transmisión de la propiedad, la Cofradía de Nuestra Señora de Luján pasó a ser la dueña legal de Manuel, y su tarea quedó definida como proteger y cuidar a la Virgen.
A lo largo de los siglos, Manuel se convirtió en una figura central de la devoción lujanense. Vivió junto a la Virgen hasta su fallecimiento en 1686. Con el tiempo, la imagen de la Virgen de Luján fue ganando prominencia hasta ser elevada a la condición de Patrona de la Argentina. En ese marco, Manuel —quien había precedido a la nación— pasó a ser recordado como el “Abuelo de la Patria”. Además, fue conocido históricamente como el Negro Manuel, un vínculo que hoy se recuerda como parte de esa memoria compartida entre fe y política.



