El 2 de noviembre de 1930, Haile Selassie I fue ungido como emperador de Etiopía, asumiendo los títulos de Rey de Reyes, Señor de Señores y León Conquistador de la Tribu de Judá. Su nombre de bautismo, Haile Selassie, se interpreta como “Poder de la Trinidad”. La ceremonia también contempló la coronación de su esposa, la emperatriz Menen, rompiendo con la costumbre de hacer las coronaciones de monarca y consorte por separado.
Etiopía es una nación con raíces milenarias y una identidad espiritual que ha marcado la historia de África. En ese marco se ubica la dinastía salomónica, cuyo origen se vincula según la tradición etíope a la alianza entre el rey Salomón y la reina Makeda de Saba, lo que ha otorgado al trono una legitimidad histórica y espiritual sostenida a lo largo de los siglos.
Con ese legado, Selassie I asumió el gobierno con la meta de modernizar el país y continuar el proceso de transformación iniciado por Menelik II. Entre las medidas destacadas figuró la reorganización del aparato estatal y la exploración de nuevas formas de ciudadanía, con un énfasis central en avanzar hacia la reducción de las relaciones de servidumbre y de las jerarquías sociales que habían marcado la historia etíope.
A nivel internacional, la figura de Haile Selassie I trascendió sus fronteras. Para pueblos negros de la diáspora, especialmente dentro del movimiento rastafari, representa una referencia espiritual, política y cultural vinculada a la recuperación de una identidad frente a el daño histórico de la trata y la esclavitud.
Uno de los hitos más citados en esa relación fue la cesión de tierras en Shashamane, destinadas al retorno de integrantes de la diáspora africana. La iniciativa se conectó con las ideas de repatriación promovidas por Marcus Garvey y convirtió ese territorio en un lugar de reconstrucción política, cultural y espiritual para una identidad que buscaba volver a sus raíces.
En lo religioso, Selassie I fue un referente del cristianismo ortodoxo etíope y defendió su tradición. Etiopía ocupa un lugar destacado en la historia del cristianismo africano y conserva tradiciones litúrgicas y escriturarias que atraviesan generaciones, con relatos sobre la Arca de la Alianza que forman parte de una herencia que sigue vigente.
Su trayectoria dejó un legado que, para muchos, simboliza la convivencia entre la tradición ancestral y el impulso modernizador en el continente africano.



