El INDEC difundió un informe sobre la distribución del ingreso que aporta una lectura clara de la desigualdad de género. Entre los extremos de la pirámide, el 10% de menores ingresos acumula apenas 1,8% de la masa total de ingresos, mientras que el 10% más acomodado concentra 32%. En cuanto a la composición por género en esos extremos, se observa que el primer decil está integrado en un 66% por mujeres, y el décimo decil está integrado en un 62% por varones. Al interior del conjunto de la población que recibe ingresos, la brecha entre hombres y mujeres asciende a 26,78%: por cada 1.000.000 de ingresos de un varón, una mujer recibe 732.200.

El informe suma otro dato relevante: en todos los deciles, las mujeres dependen más de ingresos no laborales (pensiones, jubilaciones y transferencias directas, entre otros) que los hombres. Estas cifras se complementan con datos del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) publicados en marzo, que señalan que más del 70% de los contribuyentes al Impuesto a las Ganancias son hombres, cifra que sube a más del 75% en Bienes Personales.

En conjunto, la información señala una desigualdad socioeconómica profunda y, de modo inmediato, una inequidad de género entrelazada: ambos fenómenos no pueden separarse para su análisis.

¿Cuáles sostienen una desigualdad de este nivel? En primer lugar, la menor participación de las mujeres en el mercado laboral. La división patriarcal del trabajo implica una sobrecarga de tareas de cuidado no remuneradas en el hogar y en la comunidad, lo que dificulta o impide a las mujeres realizar trabajo remunerado, ya sea como asalariadas, autónomas o emprendedoras. Al dedicar menos tiempo al cuidado, los hombres disponen de más horas y mayor disponibilidad para generar ingresos.

En segundo lugar, persiste una segmentación horizontal por género en el empleo: varones y mujeres tienden a ocupar sectores diferentes, y las mujeres se concentran en rubros peor remunerados y con mayor precariedad. Esta separación responde a la división tradicional del trabajo y se ve reflejada en las estadísticas.

El INDEC también señala que las mujeres superan el 70% de la plantilla en los sectores de salud y educación, y alcanzan casi la totalidad en el trabajo en casas particulares. Aunque a primera vista esos sectores se perciben como menos “productivos” en términos salariales, su aporte a la subsistencia, la reproducción social y la continuidad de la fuerza laboral es fundamental y merece una valoración que vaya más allá de la remuneración inmediata.

En tercer lugar, existe una segmentación vertical: los puestos de mayor jerarquía y mejor salario están mayoritariamente ocupados por hombres. Según la información más reciente disponible del extinto Ministerio de Trabajo, casi el 63% de las posiciones directivas del mercado laboral están en manos masculinas. A ello se suman prácticas discriminatorias persistentes dentro de las organizaciones, que perpetúan la brecha de género en cargos y salarios.