Desde la ciudad costera de Qinhuangdao, en la provincia de Hebei, se observa cómo la figura del dragón de roca parece apoyar la cabeza sobre la arena y mirar al mar Bohai. Ese es el sitio exacto donde la Gran Muralla china da inicio a su recorrido, que totaliza 21.196 kilómetros. El lugar recibe el nombre de Laolongtou, literalmente Cabeza del Viejo Dragón, y representa la única conexión de la muralla con el agua y con las montañas.
Hace más de dos milenios que esa escena permanece intacta ante la marea, y cada año millones de visitantes se acercan a sus paredes frías. Hoy es una atracción turística, pero en la dinastía Ming fue uno de los baluartes militares más relevantes de China, con 223 kilómetros de muros levantados exclusivamente en esta región. Sirvió como zona estratégica de defensa y, a la vez, como escenario de contemplación para emperadores, generales y ministros, que observaban el horizonte para delinear planes de imperio.
En estas costas también estuvo Qin Shi Huang, el primer emperador de China tras la unificación de los reinos. Obsesionado con la vida eterna, atravesó estas tierras en busca del elixir; no lo halló, pero en 211 a. C. unificó el imperio y ordenó unir murallas de reinos distintos para dar forma a una gigantesca defensa frente a los pueblos nómadas del Norte. La estructura, que se extiende desde el mar hasta el desierto de Gobi en la actual provincia de Gansu, cobraría un papel crucial siglos después en la Ruta de la Seda, conectando Oriente y Occidente.
La ciudad que lleva su nombre —Qinhuangdao— debe buena parte de su identidad a ese episodio histórico, y comparte protagonismo con el mausoleo subterráneo de Xi’an, donde descansan los Guerreros de Terracota: unas 8.000 estatuas a escala real de soldados, caballos y carros. A la obsesión por la inmortalidad se sumaron expediciones a montañas remotas y búsquedas de alquimistas y sabios taoístas; algunas crónicas señalan que se le aconsejó tomar mercurio, una práctica que varios especialistas vinculan con su muerte.
Aunque la dinastía Ming duró apenas 15 años, el legado de ese primer emperador marcó un hito en la historia de China. Borges lo aborda en su ensayo La muralla y los libros, donde reflexiona sobre las grandes empresas de su tiempo: la monumental construcción y la supresión de saberes previos, atribuidas a una misma cuerda de acción que resulta a la vez fascinante e inquietante.



