Horacio Vargas, jefe de Redacción de Rosario/12, reúne en esta obra una selección de textos en los que la primera persona irrumpe en un estilo periodístico que normalmente se mantiene en tercera persona. El recurso permite darle voz a personajes históricos y dramatizar su pasado local, o bien dejar que el propio autor se pronuncie desde la memoria. La intención es que, pese al tiempo transcurrido, las historias se sientan urgentes y cercanas.

El autor, además de being periodista, es productor musical con una sensibilidad afín al jazz rosarino y a la Trova; ha escrito biografías de Fito Páez, Roberto Fontanarrosa, Carlos Reutemann y el inquietante médico japonés Katsusaburo Miyamoto. En estas crónicas, Vargas recrea una especie de música de la oralidad, alternando párrafos y pasajes de diálogo para acercar al lector al pulso de los protagonistas. Leerlo equivale a sentarse a escuchar una conversación en vivo.

El prólogo, a cargo de Reynaldo Sietecase, lo define como un libro que “tiene swing” y que, al mismo tiempo, permite comprender identidades; describe a Vargas como un periodista-detective cuyo trabajo roza el realismo mágico, tejiendo vínculos entre episodios dispersos y dejando al final revelaciones luminosas que sorprenden.

El volumen arranca con un primer capítulo que agrupa fragmentos de Desde el Rosario (Homo Sapiens, 2019), obra que rememora el episodio de enero de 1819 cuando la ciudad sufrió un incendio devastador a manos de las tropas de Balcarce. Vargas dramatiza las voces de Pedro Tuella y Manuel Belgrano, recupera nombres de los damnificados y cierra con una confesión reciente que aporta un giro personal al relato.

Una segunda caja de postales funciona como cápsulas visuales: retratos de músicos de jazz, entre ellos Leandro “el Gato” Barbieri y una interpretación de Bill Evans en el teatro El Círculo, acompañados por una foto tomada por un narrador anónimo. A partir de ahí aparece la voz autobiográfica: un recorrido por clubes de jazz que arranca en Nueva York, pasa por Madrid y Tokio, y desemboca, inevitablemente, en Rosario. Vargas propone un relato en el que la memoria musical se entrelaza con la identidad local, dejando al lector con la sensación de haber escuchado una crónica que no se cierra, sino que continúa resonando.