La pregunta central en la escena política es si el presidente buscará un ajuste de estrategia para seguir en la pelea por la reelección y evitar que resurja el impulso opositor. Todo indica que, a menos de un año de las elecciones, la respuesta aún no está definida con claridad, pero las señales apuntan a un posible giro limitado, sin abandonar su objetivo de ganar.
Nadie debe subestimar el peso del peronismo ni subestimar la capacidad de los analistas clásicos para prever que Milei pueda moderar ciertos enfoques, aunque mantenga un eje programático firme. En este marco, la gestión cotidiana de su equipo aparece con una aceptación cercana al 40% desde marzo, una cifra que, si bien muestra descontento con ciertos estilos de tratamiento, no se traduce en rechazo total a su labor de gobierno.
Entre quienes estudian su trayectoria, hay indicios de que Milei no actúa de manera improvisada y podría volver sobre sus pasos si la situación lo impone. Aun así, no parece dispuesto a negociar metas macroeconómicas clave, como la reducción de la inflación, el mantenimiento del superávit fiscal o la financiación sólo con respaldo autorizado. Esa continuidad está explícita en su discurso de que no recurrirá al populismo para ganar apoyo.
Una lectura común es que analizarlo únicamente por ataques a medios o economistas distorsiona el cuadro. La evaluación sobre la gestión pública —con un piso de aceptación cercano al 40%— persiste, incluso cuando las expresiones hipercríticas a veces rajan la opinión pública más allá de lo que muestran las encuestas.
Entre los elementos de su “reseteo” estratégico figuran gestos más pragmáticos, como las negociaciones de la mesa política para la media sanción de la nueva Ley de Discapacidad, que llegaron a buen puerto con un resultado contundente: 237 votos a favor sobre 257 posibles. Este movimiento no implica renunciar al déficit cero ni abrir el gasto desmesurado; al contrario, se sostiene que el impacto fiscal es manejable y que la aprobación fortalece expectativas en otros proyectos.
En el frente interno de la coalición, Milei ha buscado sosegar tensiones con su aliada Patricia Bullrich, evitando choques abiertos y priorizando gestos de unidad. En una entrevista reciente reconoció a Bullrich con tono favorable y atribuyó a factores del entorno una campaña para presentar una versión de “mileísmo” ajena a la figura de Milei. Paralelamente, Martín Menem señaló públicamente que el candidato único de La Libertad Avanza es el presidente, lo que subraya la necesidad de mantener cohesión en un espacio convulsionado por diferencias.
Bullrich, por su parte, también administra sus cálculos políticos y sabe que hoy no tiene margen para desacomodarse; el reto es sostener una postura firme sin debilitar la coalición. En definitiva, la coordinación entre Milei y sus socios permanece como columna vertebral de la estrategia, en un escenario donde las piezas políticas buscan evitar desbordes y avanzar con proyectos en trámite.



