En la etapa temprana de la Fórmula 1, cuando mandaba la figura de Juan Manuel Fangio, la disciplina comenzaba a pulirse en sus primeras temporadas. La F1 de hoy, con monoplazas híbridos y una seguridad elevada, contrasta con aquel origen más rudimentario. Afuera del Gran Circo, el mundo aún se reponía de la Segunda Guerra Mundial, y en Argentina, Perón avanzaba en su segundo mandato mientras Evita, fallecida recientemente a los 33 años, ocupaba un lugar central en la memoria popular de los descamisados.

En ese marco histórico, un piloto italiano se llevó el título en 1953, dejando claro que Italia podía marcar el rumbo en la nueva disciplina. Alberto Ascari se convirtió en el último campeón transalpino por aquel entonces, y desde entonces la corona no volvió a ser ostentada por un piloto de su país durante 73 temporadas.

Este domingo podría escribirse una nueva página. Kimi Antonelli, joven promesa que fue protagonista a lo largo de todo el año en la Máxima, tiene en sus manos la posibilidad de quedarse con el campeonato y devolver la enseña italiana a lo más alto del podio.

La definición, como suele ocurrir en la F1, estará en la pista: si el rendimiento mostrado a lo largo de la temporada se concreta en resultados determinantes, Italia podría celebrar una nueva corona y cerrar una larga pausa que ya acumula décadas. En contraste con aquel siglo pasado, este momento revive la promesa de una nueva generación capaz de reivindicar la tradición deportiva de un país con numerosas glorias en la historia del automovilismo.