Me citaron en un punto de la Ciudad de Buenos Aires distinto al lugar exacto del encuentro. Al llegar, me encontré con que la convocatoria conducía a un templo budista. Una persona que se presentó con el alias Pagana se acercó y me pidió que me colocara unos anteojos oscuros para impedir que pudiera ver. El recorrido por el barrio fue diseñado para desorientar a los asistentes, y, según me dijeron, la misma maniobra estaba en curso para otros colegas de prensa.

Tras atravesar ese circuito, nos condujeron a una cancha de fútbol 5 rodeada por telones negros. Al quitar los paneles, apareció un grupo de jóvenes, la mayoría con anteojos oscuros y gorras con visera, intentando pasar inadvertidos. Otra integrante del grupo nos pidió la entrega de los teléfonos móviles y, a cambio, recibimos blocs de notas. Antes de apagar los dispositivos, nos pedían anotar el tiempo de uso de pantalla. En mi caso marqué 2 horas 38 minutos; otro periodista registró 8 horas; el promedio de ellos, según nos dijeron, era de menos de una hora y media.

Y ahí se dio inicio a lo que llamaron prácticas de ruptura de la dependencia tecnológica. La crónica de esa noche, presentada como un testimonio, dejó planteadas reflexiones sobre la relación entre las personas y las plataformas digitales en manos de tecnobillonarios.