Al ingresar al jardín de infantes percibí que mi experiencia era diferente a la de los demás. No hallaba palabras para explicarlo, pero lo sentía en cada fibra. Mi deseo era jugar junto a las nenas, compartir sus fantasías y formar parte de ese mundo que sentía propio.

Antes de entender mi identidad, otros ya habían decidido cómo llamarme. Verbalizaron insultos como “maricón”, “afeminado”, “mantequita” y “puto” antes de que yo entendiera su significado. Esas palabras llegaron antes que cualquier respuesta. Así funciona la sociedad: primero te provoca vergüenza y, si hay suerte, después te da un camino para comprenderte.

Crecer fue un proceso de silencio: no encontraba palabras para describir lo que me habitaba, no tenía referentes ni relatos con alguien como yo. En la escuela, en los libros o en la tele, no había espejos que me permitieran reconocerme. Lo único que recibí fueron burlas, caricaturas y desprecio. Todo lo que la sociedad decía sobre personas como yo era negativo. El miedo fue enorme.

¿Cómo no iba a haber miedo si me habían enseñado que aquello que sentía era vergonzoso? Aun así, lo que sentía era más fuerte que cualquier miedo: un deseo de ser que ni los insultos ni las amenazas podían apagar.

Con el tiempo logré ponerle nombre: me reconocí como persona trans, travesti. Y descubrí algo maravilloso: lo que otros veían como condena, en realidad era una forma poderosa de libertad.

El travestismo, entiendo, es revolucionario. Desafía una de las estructuras más rígidas de la sociedad: la idea de que sólo existe una manera de ser, amar, habitar un cuerpo y vivir una identidad.

Las personas trans existimos desde hace siglos, en distintas culturas y lugares. No somos un invento reciente, ni una moda, ni una ideología ni una amenaza. Lo que cambió fue la forma en que nos miran, nos aceptan, nos persiguen o nos borran.

¿Qué pasa con nosotras, las mujeres trans? ¿Qué les incomoda tanto nuestra existencia? ¿Qué se rompe cuando una travesti exige que respeten su identidad? Podemos ser divertidas, irónicas, talentosas, inteligentes y deseadas. Amamos, trabajamos, criamos hijxs, construimos familias, tenemos sueños, pagamos impuestos y, cuando se puede, envejecemos. Vivimos. Y, aun así, para mucha gente nuestra existencia es una provocación constante.

Nos desean en secreto y nos desprecian en público. Se nos usa como espectáculo, pero les incomoda reconocernos como iguales. Se ríen, imitan y nos transforman en personajes; cuando exigimos respeto, aparece la indignación. Es curioso: una travesti puede divertir, pero también exigir reconocimiento.

¿Qué sucede con nuestra dignidad cuando pedimos ser tratadas como lo que somos?