En la Cumbre de la Tierra realizada en Río de Janeiro en 1992, se consolidó la idea de que el ambiente trae consigo incertidumbres que superan nuestra capacidad de dominio. Esa visión reconoce que hay dinámicas que nos exceden y que pueden generar ansiedad, incluso sensación de asfixia, ante lo desconocido. Frente a esas tensiones, surgen preguntas sobre qué actitud tomar: ¿es posible controlarlas? La respuesta señala que la tarea es compleja, pero no imposible, y exige mirar la realidad desde lo urbano, lo natural y, sobre todo, desde la comunidad biológica que nos rodea. En ese marco, meteorología y economía emergen como herramientas para aproximarnos a la realidad real, dada su red de causas directas, indirectas y concausas que influyen en nuestro día a día.

Como ejemplos históricos útiles para entender la gestión de crisis, se recuerda la crisis de la Tulipomanía holandesa (1636-1637), cuando la codicia por una flor de corta vida desencadenó una burbuja especulativa y la quiebra de numerosos comerciantes. La lección es clara: la razón cede ante la ambición desmedida y el Estado debe intervenir para proteger el interés público.

Otro episodio clave es el terremoto y tsunami del 1 de noviembre de 1755 en Lisboa, que dejó decenas de miles de víctimas. En ese debate, Rousseau cuestionaba que podrían haberse evitado tantas muertes si la razón y la prudencia hubiesen primado sobre ciertas conductas humanas, como la exposición de personas a riesgos innecesarios para la ganancia o la desmedida altura de algunas construcciones que complicaban la búsqueda de refugio. En aquel tiempo, se sostuvo que el Estado debía contener las pérdidas y proteger a la población, evitando epidemias de hambre y salvaguardando el bienestar general a través de políticas que contuvieran la inflación de precios de los alimentos y aseguraran la ayuda a las víctimas. En síntesis, estos momentos históricos muestran cómo la razón y la sensatez pueden orientar intervenciones estatales orientadas a reducir daños ambientales y a garantizar la convivencia entre la naturaleza y las actividades humanas, siempre buscando el bien común.

Las situaciones extraordinarias de carácter climatico, como El Niño, apuntan a varias rutas para avanzar como sociedad y como Estado: actuar con base en la evidencia, aplicar medidas prudentes y fortalecer la solidaridad ante impactos que trascienden comunidades específicas. El Niño, según la comunidad científica, es un fenómeno natural que puede presentarse con intensidad y provocar cambios significativos en el clima, la economía y la vida diaria. Por ello, su abordaje requiere, ante todo, una postura razonable y coordinada, que responda a riesgos reales sin caer en visiones sesgadas o misológicas.