La llegada de un Papa suele exceder lo religioso: altera ritmos urbanos, moviliza a las multitudes y abre imágenes que perduran en el tiempo. En esa línea se inscribe lo ocurrido en Salta a mediados de la década del ochenta, cuando el Papa Juan Pablo II desarrolló una visita memorable en la provincia, la única que recibió en su segundo periplo por la Argentina.
El Pontífice polaco, que encabezó la Iglesia desde 1978 hasta su fallecimiento en 2005, inició su segunda gira por el país y llegó a Salta el miércoles 8 de abril de 1987. La ciudad vivía, desde hacía meses, una organización dedicada a la bienvenida, con el hipódromo de Limache como escenario central.
En un marco político todavía afianzándose tras la restauración democrática, Argentina atravesaba años de redefinición social y cultural. El presidente Raúl Alfonsín encabezaba el gobierno nacional, y un debate de gran trascendencia moral ocupaba la agenda: el proyecto de divorcio vincular, que culminaría con su aprobación el 3 de junio de ese mismo año. La Iglesia Católica se manifestó en contra y el Papa hizo suyos esos argumentos durante su estadía en tierras salteñas.
La logística de la visita ubicó al hipódromo de Limache como la base de la recepción papal, y la ciudad se volcó a las calles para acompañar el paso de su mensaje. A las 19:30, Juan Pablo II descendió y, quince minutos después, el papamóvil ingresó al recinto, desatando una ovación que quedó grabada en el recuerdo colectivo. Las cifras oficiales de entonces, extraídas de la cobertura local, indicaron aproximadamente 200.000 personas frente al estrado, con una estimación de concentración total cercana a las 500.000.
Entre cantos y entusiasmo, los asistentes corearon réplicas de afecto como “Juan Pablo II, te ama todo el mundo”. A las 19:55, el Papa inició un discurso de unos 25 minutos. A pesar del cansancio visible, habló con claridad y serenidad. En su intervención remarcó la cercanía del quinto centenario del desembarco de Cristóbal Colón en América, hizo hincapié en las raíces cristianas del continente y subrayó la labor evangelizadora de la Iglesia.
Con Moisés Blanchoud, arzobispo de Salta, a la cabeza de las autoridades eclesiásticas presentes, el momento fue acompañado por una oración universal que puso fin a una jornada de profundo significado para la región.



