En un tono que mezcla el dato y la ironía, el texto inicia con una cita célebre sobre la conjunción entre pesimismo razonable y optimismo de la voluntad, y continúa jugando con la idea de interactuar en las redes: “Ponga lo que usted quiera y dele like”, como si la aprobación mediática fuera el motor de la conversación pública.

Antes de irrumpir en el tema, se pregunta por la escena política reciente: la victoria de Lula es recibida como un marco para observar debates sobre poder y hegemonía. Se propone una imagen satírica: el Presidente electo hablando por teléfono con Flavio Bolsorrobado, insinuando una conversación sobre alquileres en Miami para una hipotética mudanza, como metáfora de intersectar corrupción, dinero y vivienda en la agenda mediática.

Luego se avanza hacia la comparación central entre dos figuras emblemáticas de épocas diferentes. Por un lado, Antonio Gramsci (nacido en 1891 en Cerdeña, fallecido en 1937 en Roma), político, intelectual y dirigente del PCI, cuya vida estuvo marcada por una condena en 1926 y diez años de prisión bajo Mussolini. Durante su cautiverio escribió los Cuadernos de la cárcel, obra que consolidó su pensamiento sobre la hegemonía, el poder del conocimiento y la necesidad de formarse y debatir en colectivo, más que imponer consignas. Sus ideas influyeron decisivamente en la izquierda del siglo XX, junto a figuras como Lenin, Trotsky, Mariátegui y J. W. Cooke.

En contracampo, aparece Antonio Instagramsci, figura prominente de lo que va del siglo XXI. Presentado como un “intelectual inorgánico” de la ultraderecha, es descrito como una construcción que no tiene dimensiones humanas y que opera dentro de lo que el autor llama las “redes de mercado” (término propio), más que redes sociales. Sus aliados, según el texto, serían un conjunto de personajes paródicos: Giovanni Facebucci, Gianpaolo Tuitinni (“Comandante X”), Googlielmo Guglielminetti y Franco Guasaperi. Juntos, serían instrumentos de lo que Giuliano Da Empoli denomina “ingeniería del caos” o “la hora de los depredadores”: militan sin pausa para localizar conocimiento, banalizarlo o destruirlo en nombre de formar un entorno turbulento.

El argumento central es que estas “redes de mercado” no apelan al pesimismo de la razón ni al optimismo de la voluntad, sino al funcionamiento práctico del teléfono móvil, capaz de sustituir a las figuras humanas. Al no aportar ideas propias y limitarse a reenviar contenidos ajenos, alcanzan un reconocimiento mucho mayor que el de Gramsci. Si bien se autodenominan plurales, su modelo está centrado en la concentración del poder económico del mercado; aun así, pueden presentarse como heterogéneos para eludir cuestionamientos.

El texto concluye con la observación de que millones de jóvenes —y no tan jóvenes— hallan en estas plataformas referentes, comunidades o incluso modelos de vida, adoptando la etiqueta de “influencers” como identidad. En ese marco, la comparación entre Gramsci y Instagramsci funciona como una mirada crítica sobre cómo se construye y se difunde la hegemonía en una era dominada por algoritmos y redes de mercado.