El sábado pasado se produjo una agresión planificada contra mujeres travestis que circulaban por los Bosques de Palermo. Un colectivo de jóvenes coordinó la acción, que incluyó golpes con palos y piedras y, en algunos casos, el uso de las bicicletas que ellas mismas conducían como herramientas de ataque. Las víctimas fueron perseguidas, golpeadas y filmadas; luego las grabaciones se subieron a las redes sociales, presentando la acción como si se tratara de una hazaña.

Este episodio no es aislado, sino parte de un fenómeno más amplio: la deshumanización a la que son sometidas las personas trans. A la base de esa conducta hay una cadena de actos pequeños que pavimentan el terreno: discursos políticos y mediáticos que deshumanizan, comentarios en redes sociales y aquellos comentarios cotidianos entre familiares y amigos que naturalizan la discriminación. En ese proceso también juega un papel crucial el silencio de quienes miran hacia otro lado.

Hace apenas dos meses, la autora de esta nota fue víctima de ataques transfóbicos por Daniel Avellaneda. Lo que siguió fue revelador: en lugar de condenar la violencia, se abrió un debate sobre su identidad, cuestionando si era “él” o “ella” y poniendo en tela de juicio su existencia. Esa experiencia convirtió la identidad de la persona en materia de opinión pública, mientras que el agresor quedaba en segundo plano. El silencio de colegas terminó por legitimarlo ante la sociedad.

Con esa experiencia en la memoria, se observa que no hubo consecuencias para quienes generan odio. Por el contrario, los discursos de odio siguieron circulando, incluso entre sectores afines a la esfera de poder, como los representantes de figuras públicas vinculadas a la derecha, con impunidad.

Una vez que se despoja de su humanidad a un grupo social, se cruza un límite peligroso. Nadie debería defender su derecho a existir; y cuando se normaliza que se humille públicamente a alguien por su identidad, cuando la discriminación se transforma en espectáculo y la crueldad en una opinión, no sorprende que aparezcan jóvenes dispuestos a perseguir a personas trans.

Las palabras sí tienen impacto. Los discursos construyen sentidos y, cuando se habilita el odio desde posiciones de poder, se les da carta blanca a quienes buscan excusas para atacar. Discriminar no es libertad de expresión. Humillar no es valentía. Perseguir no es opinión. Y ejercer violencia contra una minoría no es una batalla cultural.

¿Era esa la batalla cultural que se buscaba ganar? ¿Una sociedad en la que un grupo de jóvenes se siente con derecho a perseguir a las personas más vulnerables? ¿Qué nivel de odio y qué tipo de impunidad se desea endurecer con cada episodio?