En una entrevista para Infobae al Regreso, Andrés Malamud planteó que los principales dilemas de Argentina no derivan de rasgos culturales de su población, sino de la debilidad de las instituciones para fijar normas y crear incentivos que ordenen la convivencia. El politólogo contrasta la experiencia democrática argentina con la de Estados Unidos y Brasil y señala que la intensidad del choque político no necesariamente se traduce en más violencia.
Según él, Argentina presenta una agresividad retórica notable, pero en la práctica suele mantener un nivel de confrontación moderado. Para ilustrarlo, aludió a la violencia política que se ha visto en la región y, a nivel global, citó episodios como el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 y los asesinatos de candidatos, periodistas y funcionarios judiciales.
La explicación, dijo, se remonta a la década de 1970 y al aprendizaje derivado de aquella violencia. El periodo dejó derrotas para ambos lados: fuerzas armadas y grupos armados, cuyo proyecto de poder quedó desacreditado tras la dictadura y la derrota en la Guerra de Malvinas. Este proceso, afirmó, favoreció la consolidación de un consenso: resolver los conflictos por vías pacíficas y mantener la alternancia institucional. En esa línea, definió la democracia como un sistema en el que el cambio de gobernantes ocurre sin derramamiento de sangre.
Sin embargo, advirtió que esa estabilidad no garantiza resultados económicos. Aunque la Argentina consiguió afianzar la alternancia, no construyó instituciones capaces de resolver sus problemas estructurales. Rechazó explicaciones que atribuyan la conducta social a una supuesta particularidad cultural y, en cambio, recurrió al marco de la teoría de juegos para describir el dilema del prisionero: cuando no existen reglas y incentivos institucionales que hagan ventajoso respetarlas, las personas actúan en función de intereses individuales que perjudican al conjunto.
Como ejemplo, mencionó que los argentinos suelen respetar ciertas normas cuando viajan al exterior, no por una peculiaridad cultural sino por la presencia de incentivos y sanciones. El problema persiste cuando incumplir las normas no tiene sanción y cumplirlas no genera beneficios claros: no hay castigo para lo incorrecto y no hay incentivos para lo correcto.
Además, Malamud analizó el ascenso de Javier Milei y la crisis de representación de los partidos tradicionales, señales que, en su lectura, revelan fallas en el andamiaje institucional que debería ordenar la vida pública.
Concluyó que la democracia por sí sola no resuelve el aspecto económico: Argentina mantiene una trayectoria de alternancia, pero necesita fortalecer sus reglas, mecanismos de rendición de cuentas y penalidades para avanzar en respuestas a sus problemas estructurales.



